Los recuerdos forman parte de lo que somos. Muchas de las emociones, valores y sensibilidades que acompañan nuestra vida nacen de experiencias vividas hace muchos años y continúan presentes con el paso del tiempo. Algunas de ellas incluso terminan influyendo en nuestra manera de mirar el mundo y de relacionarnos con los demás seres vivos.
En esta sección, Mauricia Ayala comparte historias y recuerdos que han dejado una huella profunda en su corazón y que, de una u otra manera, contribuyeron a formar su sensibilidad humana y su mirada artística.
El Moro Viejo
Un amigo inolvidable de mi infancia

Entre los recuerdos más queridos de mi infancia ocupa un lugar especial “El Moro Viejo”, un caballo que acompañó una etapa muy importante de mi vida en la provincia de Corrientes, Argentina.
Su historia es un recuerdo de cariño, dedicación y respeto hacia los animales, valores que me acompañan hasta el día de hoy.
Con mi familia vivíamos en un pequeño pueblo de la provincia de Corrientes, Argentina, en una propiedad donde teníamos muchos animales.
Durante esa importante etapa de mi infancia, un día escuché a mis padres tomar una decisión respecto al “Moro Viejo”. Para mí era un caballo muy especial, aunque desde hacía algún tiempo se lo veía con sarna, muy viejo y deteriorado. Esto se debía principalmente a que ya casi no podía comer, porque le faltaban muchos dientes. Después de tantos años de trabajo al servicio de la familia, mis padres habían decidido dejarlo en libertad, lejos, en campo abierto, para que pudiera pasar sus últimos días en paz.
Me entristecía mucho pensar en su casi imposibilidad de alimentarse y en la sarna que avanzaba sobre su cuerpo. Entonces les pedí a mis padres que me dieran una oportunidad con el Moro. Yo me comprometía a cuidarlo personalmente.
En aquella época tenía apenas diez años y no fue fácil convencerlos. Pero después de insistir mucho, finalmente logré persuadirlos y literalmente bailé de alegría: primero, porque el Moro podría seguir viviendo; y segundo, porque me convertía en su única dueña.
Era consciente de la difícil tarea que me esperaba, pero ayudar a aquel noble animal me daba fuerza y energía para superar cualquier obstáculo.
Así comenzó su cuidado. Todos los días le preparaba la comida, recogiendo y cortando una gran cantidad de forraje, raíces de mandioca, mazorcas de maíz y otras plantas según la estación del año. Además, todas las tardes, sin falta, lo llevaba hasta una hermosa laguna para bañarlo, mientras con un cepillo masajeaba todo su cuerpo.

Después de poco tiempo, con enorme alegría, comencé a observar que el Moro mejoraba día tras día, tal como yo había imaginado. Ya no se lo veía tan viejo como antes. La sarna fue desapareciendo y dejó lugar a un pelaje brillante. Su andar, antes lento y vacilante, se volvió firme y dinámico, e incluso comenzó nuevamente a galopar.
Pasado un tiempo, el Moro presentaba un aspecto completamente diferente. Al verlo tan vivaz, mis hermanos y especialmente mi hermana mayor intentaban acercarse para montarlo, pero sin éxito. Él intuía que yo lo cuidaba con dedicación y que sentía un gran cariño por él. Bastaba un simple gesto mío para que comprendiera la situación y se encargara de alejarlos.
Espantaba a los intrusos mostrando la boca abierta, lógicamente sin dientes, y lanzando alguna que otra patada.
Mientras tanto, en mi casa se hablaba a menudo del Moro Viejo. Entre los comentarios más frecuentes estaba el de que su comportamiento, antes tan manso y bonachón, se había vuelto agresivo.
Muchos años después, un día, mi hermana mayor recordó aquella etapa de nuestra infancia y me dijo:
—Mauricia, ¿te acuerdas cuando el Moro Viejo, ya curado de la sarna y rejuvenecido, se comportaba como un potrillo? Yo siempre pensaba que se había vuelto rabioso.
En ese momento, al recordar toda la historia, la miré y no pude contener la risa.
Entonces ella, casi como protestando, agregó:
—Claro, tú te ríes porque fuiste la única privilegiada a quien él no trataba como si fuera un intruso.
Una vez más ha sido emocionante recordarte, querido Moro Viejo. Sigues siendo hermoso y luminoso en mi memoria, a pesar del paso del tiempo.
Tu amiga,
Mauricia
Algunas historias permanecen vivas más allá del tiempo. Siguen acompañándonos, enseñándonos y recordándonos la importancia de la sensibilidad, el respeto y el amor hacia todos los seres vivos. Son recuerdos que no pertenecen solamente al pasado, sino que continúan iluminando el presente.